EL ABANICO Y LA CIGARRERA. LA PRIMERA GENERACIÓN DE MUJERES ILUSTRADAS EN EL PERÚ.
DENEGRI, FRANCESCA.
CUSCO: CEQUES, 2018, 296 PP.

En el presente libro, Francesca Denegri nos acerca al surgimiento de la primera generación de mujeres ilustradas peruanas a través de los intersticios que permitió la emergencia del discurso romántico, que se consolidó como parte de los proyectos de modernización nacional (en parte acatándolos, pero también subvirtiéndolos) y que empezó a decaer a medida que su participación dejó de limitarse al ámbito doméstico e intentó abarcar territorios tradicionalmente masculinos, como el de la política.

Esta tercera edición de El abanico y la cigarrera ―que desde su aparición en 1996 va consolidándose como un clásico dentro de los estudios culturales y de género peruanos― incluye un prólogo de Ana Peluffo, en el cual se reconoce la primacía de este libro en el planteamiento de nuevas cuestiones sobre el siglo XIX peruano, asignándole la condición de “brújula” o “libro guía”, así como la filiación de la autora a los planteamientos feministas de Simone de Beauvoir en El segundo sexo, y que:

sugiere pensar el género como una posicionalidad de sujeto en la que estar fuera de las estructuras de poder […] es lo que posibilita la emergencia de una crítica de la modernidad y del lugar que se le asigna en ella a la figura imaginada del ángel del hogar (p. 15).

Además, se añade una sección titulada “Ilustradas en la memoria. Francesa Denegri, veintidós años después”, suerte de epílogo en el cual Denegri reevalúa su obra partiendo del contexto de su viaje a Tinta (la tierra de Clorinda Matto de Turner). La autora divide su libro en tres grandes apartados, que corresponden a la aparición, consolidación y ocaso de la escritora ilustrada.

Debido al intento de modernización y la inserción en el capitalismo internacional, el siglo XIX peruano vio el surgimiento de un nuevo sujeto discursivo: la escritora ilustrada. Algunas de las razones que llevaron a su aparición fue lo que Denegri denomina la “feminización del discurso romántico peruano”, que parte de la concepción ―defendida por autores como Ricardo Palma― de un espacio literario ajeno al quehacer político, donde “el escritor podía protegerse de los avatares de la vida pública” (p. 50) y en el cual, por su cercanía con la vida doméstica, pudo emerger la voz de la intelectual decimonónica. La literatura, entretenimiento inocuo, podía ser ejercida por las mujeres, pues, dentro de la ideología liberal, esta no rivalizaba con su puesto dentro del esquema familiar, sino que frecuentemente se complementaban: la imagen del ilustrado ángel del hogar que repartía su tiempo entre la mundanalidad del quehacer doméstico y el ascenso a las alturas por medio de la pluma era aceptada dentro del ideario del progreso y la civilización. La desaparición de prácticas de raigambre colonial (como el caso de la tapada limeña, que Denegri analiza largamente) da cuenta de las nuevas relaciones de género que se establecen en este siglo y que abren el camino a la mujer ilustrada: “las mujeres habían pertenecido a la esfera de lo sagrado y lo oculto, mientras que en adelante invadirían el reino de lo público y lo visible” (p. 110).

La consolidación de esta generación ilustrada, materializada en las publicaciones periódicas y en las veladas literarias, estuvo enmarcada en los proyectos de modernización liberal, en el cual la mujer era importante debido a que ella articulaba el espacio privado, el de la familia, mientras que al hombre le correspondía el espacio público. Sin embargo, figuras como la de Juana Manuela Gorriti, en cuanto sujeto disidente, contribuyeron precisamente a subvertir estos supuestos. “En la narrativa de Gorriti, la esfera privada se entreteje tan fina y estrechamente con la esfera pública que la frontera entre una y otra termina borrándose” (p. 128). La importancia de esta escritora argentina afincada en el Perú es capital: su obra no solo permitió reinsertar la figura de las mujeres en la historia nacional, sino que, además, problematizó las contradicciones que surgían en ese espacio nacional que se quería presentar al mundo como ordenado y homogéneo:

la violación de una mujer de las clases subordinadas [en las novelas de Gorriti] deviene en metáfora de la violencia en una nación que a pesar de toda su retórica moral burguesa, seguía profundamente imbricada en un código colonial de relaciones sociales y de género (p. 146).

Asimismo, Denegri explica cómo es que Juana Manuela Gorriti articuló un discurso que se contrapuso al ideal del escritor-guía concebido por las ideologías positivistas de orden y progreso, gracias a la emergencia de elementos fantásticos y la fractura de la temporalidad, atributos de un discurso que cuestiona la lógica cartesiana. Sin embargo, y de cara con el desvanecimiento ―por lo menos temporal― de la dicotomía público-masculino/privado-femenino, fueron sus veladas literarias las que revistieron mayor importancia: “A pesar de no estar capacitadas para hablar usando el lenguaje de la ciencia, la filosofía o la política, las mujeres hablaban de reformas políticas y sociales, si bien desde su propia perspectiva personal y no académica.” (p. 172).

Estas perspectivas, empero, no inhibieron a la escritora del siglo XIX de las mismas exclusiones que implicaba el proyecto modernizador, especialmente en lo concerniente a la consideración de ciertos grupos subalternos como los indígenas o los afrodescendientes. En narraciones como Sacrificio y recompensa de Mercedes Cabello, Reginade Teresa González de Fanning y otras más, “indios, blancos y mulatos aparecen merodeando insistentemente en los márgenes de estos relatos, exhibiendo oscuros instintos de muerte, amenazando constantemente con perturbar la historia central de las vidas civilizadas de los modernos criollos de origen europeo” (pp. 192-193), debilidad ante la que incluso cedió Juana Manuela Gorriti. Por otra parte, estas autoras se encontraban alineadas con “retórica etérea y sentimental” (p. 189), en contraposición a lo que, ya en ese momento, reclamaba una figura como la de González Prada, para quien la “celebrada generación romántica se convertiría en adelante en un símbolo cultural del fracaso histórico de un país” (p. 188), en momentos en que, después del trauma de la Guerra del Pacífico, la literatura debía revestirse de valores “viriles”. Así, estas autoras no hacían sino eco de la exclusión de la que fueron objeto esas grandes masas en las cuales González Prada veía al verdadero Perú. Paulatinamente, el espacio, tanto a nivel ideológico como estético, se iba cerrando para esta primera generación de mujeres ilustradas.

La tercera parte del libro es la que demuestra las dificultades de la mujer para integrarse en la vida nacional y pública fuera de los cauces del discurso modernizador, burgués y romántico. Si la letrada había logrado cierta legitimidad, se debió en gran medida a esa feminización del discurso romántico, a los proyectos modernizadores en los cuales la mujer tenía un rol definido como centro del hogar sin que esto rivalizara con la práctica de la literatura (entendida esta como entretenimiento y actividad “femenina”) y a la extracción (burguesa, limeña) de muchas de sus representantes. Este no fue el caso de Clorinda Matto, quien pertenecía a la clase comerciante cuzqueña y quien asumió la literatura no como un divertimento sino como una actividad que, junto con el periodismo, tenía claros intereses políticos y sociales. Fue así, pues, una “intelectual orgánica de las clases dominantes serranas, de acuerdo con la definición de Gramsci de tales intelectuales, como aquellos que acompañan a un grupo social en su ascenso al poder, proporcionándole así la necesaria cohesión cultural.” (p. 228). En sus obras, por otra parte, si bien cedió a algunos valores de la modernidad, encaró las dificultades que esta tenía en la contraposición de un discurso tradicional, que ella conocía por experiencia propia. Dentro de dicho discurso, el sentido colectivo aflora y se aleja de sus pares limeñas:

La principal diferencia entre estas heroínas y las de Cabello y González, es que las de Matto renuncian a sí mismas en favor, ya no del esposo, de la familia, o del amante pecador, sino en favor de la comunidad (p. 252).

Es decir, la vindicación de los valores tradicionales andinos. Esto, además de su adhesión a Andrés Avelino Cáceres, propició que, a la caída del mariscal, la intelectualidad limeña desatara sus más duras críticas, atacando los flancos de su condición de serrana, de intelectual que se metía en “cosas de hombres” y de su sexo. Es con ella que se cierra el arco magistral que ha trazado Francesca Denegri a lo largo de sus páginas.

Hoy que, entre cosas, se ha logrado la digitalización de las publicaciones periódicas del siglo XIX (tales como La Bella Limeña o La Alborada) y se ha empezado a prestar más atención a esta generación de escritoras (como, por ejemplo, la reciente publicación de los Cuentos de Lastenia Larriva de Llona), confirmamos la actualidad de este libro a veintitrés años de su primera aparición. Las pocas erratas que hemos advertido en esta edición no la desmerecen, pero consideramos que se podrían enmendar en una futura ―y necesaria― nueva edición.

© Marlon Enrique Caro Ojeda
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Lima, Perú
marcaro0301@gmail.com