El laberinto de la palabra.
Jim Anchante Arias.
Lima: Universidad San Ignacio de Loyola, 2018, 157 pp.

La indiferencia al análisis de las formas y el empleo forzado de métodos o marcos teóricos son problemas que llevan buen tiempo azotando a los estudios literarios. Resulta grato, en cambio, dar con trabajos en los que la literatura peruana es investigada de manera responsable, como es el caso de El laberinto de la palabra (2018) de Jim Anchante. El libro contiene ocho ensayos ordenados a partir de la cronología de las obras analizadas, lo que le permite abarcar diversos períodos del desarrollo de nuestras letras. Se usan múltiples metodologías para los análisis, pues el autor parte del principio de que el texto es el que demanda las categorías pertinentes para su interpretación.

En el primer ensayo, Anchante explora el vínculo entre la retórica y la historiografía renacentistas en el primer libro de los Comentarios reales del Inca Garcilaso, pero, a diferencia de otros estudiosos, su indagación se centra en el particular manejo de la dispositio u organización de las partes del texto. De este modo, se postula que la mencionada operación retórica se concreta en la disposición de los capítulos y subcapítulos (la estructura externa), y de los temas (la estructura interna); además, en la inserción precisa de un conjunto de prácticas discursivas (narración, argumentación, descripción, etc.); pero esto no sería arbitrario, pues las marcas textuales evidencian la existencia de una “conciencia estructural” por parte del cronista mestizo, quien pretende dotar a su discurso de orden, coherencia y cohesión con el fin de volverlo válido para la óptica de la historiografía renacentista.

En el segundo trabajo se lee en clave política el uso de estrategias conceptistas por parte de Espinosa Medrano en su Apologético en favor de don Luis de Góngora. Se evidencia cómo el Lunarejo invierte la propuesta de Faria a través de juegos de palabras y de etimologías, entre otros recursos cercanos al conceptismo, con lo que ridiculiza los juicios del portugués: este no posee ni el ingenio ni la agudeza para entender la poesía de Góngora, es un “erudito a lo sátiro”. Esto no solo sustituye la imagen peyorativa del sátiro americano por otra en la que este ser es más propio de la península, sino que, además, se demuestra que quien realmente posee este ingenio es el enunciador, sujeto criollo letrado capaz de gozar de los versos gongorinos y, por tanto, con un intelecto que lo hace merecedor de una mejor posición en la culturada letrada y en las esferas de poder. Se evidencia, pues, cómo los escritores de la periferia se apropian de los códigos barrocos y los adaptan para que respondan a sus propios intereses.

En el tercer estudio, Anchante examina la propuesta del poeta peruano Rocca de Vergalo en La poétique nouvelle e indaga su lugar en el proceso de la literatura francesa durante la segunda mitad del XIX. Si bien suele ser considerada una figura menor, algunos de sus contemporáneos lo reconocen como el creador del verso libre e iniciador del simbolismo, lo que da origen a la llamada leyenda vergaliana. Se constata, sin embargo, que las innovaciones planteadas por Rocca con respecto al tradicional verso alejandrino ―concretadas en el denominado verso nicarino― forman parte de un complejo período de experimentación formal en la literatura francesa, en el cual se plantearon diversas propuestas renovadoras. Se afirma que dicha etapa necesita ser investigada con mayor profundidad a fin de esclarecer el verdadero aporte del peruano en la constitución del verso libre y de la estética simbolista.

En el cuarto trabajo se analizan dos poemas de Exóticas de González Prada con la intención de dilucidar sus supuestos vínculos con el simbolismo, el cual habría llegado al mencionado poeta por medio de la influencia de José María Eguren. De este modo, Anchante analiza el poema “Los cuervos”, de Prada, y lo compara con “Los reyes rojos”, de Eguren, tras lo cual concluye que ―a diferencia de lo que plantean Estuardo Núñez y Américo Ferrari― el texto del autor de Horas de lucha no presenta vínculos con la estética simbolista, sino que puede ser leído como una alegoría de la explotación capitalista. Asimismo, la imaginería equina de “Los caballos blancos”, el segundo poema estudiado, estaría más cercana al lirismo épico de Chocano en “Los caballos de los conquistadores”, que a los fantasmales corceles egurenianos de “El caballo”. Así, pues, los textos analizados no son juzgados como simbolistas: “la propuesta poética pradiana está todavía más ligada a una tradición lírica precedente” (p. 95).

En el quinto ensayo, enfocado en la obra vallejiana, el poema “LXV” de Trilce y el cuento “Más allá de la vida y de la muerte” son comparados a partir del modo en que ambos textos configuran la idea de amor materno. Se aborda cómo se representa la peregrinación hacia el hogar, la cual adquiere múltiples significaciones, pero señala siempre la relación amorosa entre madre e hijo: a esta se retorna siempre, aunque se la conciba como útero ― “viaje a la semilla” ― o casa ―si se parte de la descripción arquitectónica que se emplea en su figura―; asimismo, este viaje puede sugerir también la relación entre el hombre y su tierra originaria, la Pachamama. Este amor subsiste más allá del fallecimiento de la madre, “rompe los límites de la oposición vida/muerte y se convierte en sentimiento intemporal o, también, cíclico” (p. 108). Vallejo, pues, desafía las concepciones occidentales y evidencia una cosmovisión producto de un sincretismo religioso de raigambre andina.

En el sexto estudio, Anchante analiza el soneto “Quarta ripresa” de Martín Adán para esclarecer la particular representación del símbolo de la rosa en el mencionado poema. Se sostiene que, en este poema, la oscuridad no es lexical, sino simbólica: la intelección de la rosa está mediada por juegos ontológicos y gnoseológicos. La indagación del estudioso peruano concluye que “la Rosa adaniana […] no hace más que sumergirnos en la angustia del desconocimiento humano. […] Es la batalla (perdida) del hombre perplejo ante su existencia, su ser” (p. 129).

En el séptimo trabajo se abordan dos poemas de Javier Sologuren con el objetivo de ―a semejanza del anterior estudio― encontrar las especificidades en la representación de la rosa. En “Interludio”, el primer texto, la mencionada flor manifiesta su ambivalencia al convocar simultáneamente a la vida y a la muerte, entre otros semas opuestos pero complementarios, lo que remite a la condición humana: “la rosa eterna y efímera, bella y mortal, puede simbolizar el acaecer de la vida humana, donde inicio y fin se intercalan como el día y la noche” (p. 138). “Rosa terrena”, el segundo poema, no escapa de la ambivalencia, pues en el ser de la flor se entrecruzan lo humano y lo vegetal, la vida y el deterioro; en este texto, “el símbolo de la rosa es el yo poético, el yo ontológico que se busca y no termina de encontrarse” (p. 141). Se concluye que existen similitudes entre la rosa de Adán y la de Sologuren: ambas se representan poéticamente a través de sonetos y tienen como eje central la cuestión ontológica, aunque la segunda manifiesta una mayor corporeidad que la primera.

En el octavo y último ensayo, Anchante analiza el poema “¿Cuándo, señora mía…?” de Carlos Germán Belli para determinar el desarrollo del tema amoroso y las relaciones que establece con el amor cortés y el erotismo. Una serie de marcas textuales y el tono de deseo ―sostiene el estudioso peruano― develan el vínculo entre el poema en cuestión y el discurso medieval del amor cortés, pero Belli, a diferencia de lo que dicta la tradición, incorpora la figura del matrimonio. Esta inclusión no anularía el erotismo, sino que es reinterpretado desde otra óptica: se asienta en la unión entre los cónyuges, quienes se transfiguran en el hijo, con lo que aseguran la continuidad de la vida. De este modo, para Anchante “esa fusión peculiar entre trascendencia y corporeidad es una de las cumbres a las que ha llegado la poesía amorosa de Carlos Germán Belli” (p. 157).

Como el propio autor señala en la introducción de su libro, los ensayos tienen el objetivo de sugerir un camino interpretativo en el laberinto de la palabra que es la literatura. Debe reconocerse que en la mayoría de los casos este propósito se cumple, pues el estudioso ilumina las obras abordadas desde marcos pertinentes y con la necesaria atención a las cuestiones formales; sin embargo, en algunos ensayos ―como el dedicado a Adán― su aporte puede verse oscurecido por la profusión de fuentes secundarias. Esto, no obstante, da cuenta de la honestidad de Anchante en su investigación, cualidad que ―sobre todo en el resto de ensayos― resalta la originalidad de sus propuestas cuando estas se construyen a través del diálogo crítico con otros académicos. Por otro lado, no hay un desarrollo explícito entre los textos analizados y la propuesta de periodización de García-Bedoya, pues esta conexión es sugerida en el apartado introductorio; pero no creemos que esta ausencia disminuya la validez de los análisis. Finalmente, son dignos de resaltar el orden de la exposición y la pertinente división de los ensayos en apartados numerados que gradualmente demuestran la hipótesis sostenida.

Al margen de las objeciones antes planteadas, podemos afirmar que Anchante cumple con verter en su libro investigaciones ordenadas, responsables y originales, por lo que merecen ser discutidas en la comunidad académica, especialmente en tiempos en los que en esta abundan propuestas con intereses lejanos al conocimiento literario.

© Walter André Alvarado Taboada
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Lima, Perú
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