Parkinson, Alzheimer y Literatura. La reorientación de los Estudios Literarios en el Perú.
Dorian Espezúa Salmón.
Lima: Lluvia editores, 2017, 88 pp.

No cabe duda de que nos encontramos frente al dominio de la especialización; sin embargo, existen algunos elementos, ligados a la posmodernidad, que Dorian Espezúa denuncia porque han ayudado o, en su defecto, se han encargado de tergiversar y, sobre todo, subjetivizar y relativizar a las ciencias humanas, ciencias del espíritu o ciencias de la cultura, despojándolas de su carácter científico y objetivo. En este sentido, lo que menciona el investigador puneño no es solo una simple enumeración y denuncia de los factores que afectan a los Estudios Literarios, sino también la propuesta de una solución.

El autor de Las consciencias lingüísticas en la literatura peruana realiza un emparentamiento –no de forma gratuita– con dos enfermedades que aquejan al ser humano, para hallar la relación que estas poseen también con la Literatura: el Parkinson y el Alzheimer. Con respecto a la primera, afirma que la Literatura no solo ha perdido el equilibrio en tanto disciplina, sino también la naturaleza y el carácter objetivos de sus investigaciones; en torno al Alzheimer, en cambio, sostiene que a pesar de que la Literatura es una ciencia relativamente joven, ya sufre o se encuentra padeciendo una enfermedad senil, que ha cegado e invisibilizado cuáles son sus objetivos en tanto disciplina científica.

Se empieza por un título general: “Las ciencias humanas en la era de las posciencias”. El autor sostiene la idea que estas últimas han relativizado el conocimiento científico, que se caracteriza por ser “racional, objetivo y universal” (p. 31). En tal sentido, Dorian Espezúa critica que si no es posible definir a la Literatura como una disciplina o, por el contrario, solo Literatura, debería quitársele el rótulo de ciencia. Es clara la tesis que defiende el autor, pues trata de dar cuenta que esta –como cualquier otra disciplina científica– puede y tiene la capacidad de establecer conocimiento científico y “leyes objetivas” (p. 31). En este orden de ideas, los Estudios Literarios están siendo invadidos y relativizados por las posciencias, dejando de lado su cientificidad para dar paso a una producción que se instaura y que se desliza por los corredores de la subjetividad.

En el primer apartado, titulado “Cuestionamiento a los postulados de la posmodernidad”, Dorian Espezúa arguye que las propuestas de esta última con relación a la Literatura, se encuentran presentes tanto en la UNSA, PUCP, UNFV como en la UNMSM. En tal sentido, recoge su afirmación anterior, es decir, el estancamiento que ha producido la posmodernidad a los Estudios Literarios y su alejamiento de la cientificidad, toda vez que no vacila en rotularlos de juicios “antiesencialistas y pragmáticos” (p. 38). No hay duda, según Espezúa, de que el Parkinson se encuentra latente, pues ha alterado y ha hecho perder el equilibrio de la Literatura como disciplina científica. Sin embargo, es menester agregar la facilidad y la gratuidad con que se utilizan muchos de los postulados posmodernos, sin reparar o reflexionar antes de enfrentarnos a un texto literario.

Para ello, Espezúa hace una breve pero clara distinción de los siguientes conceptos: disciplinario, interdisciplinario, multidisciplinario, transdisciplinario y antidisciplinario, poniendo énfasis en este último. Si bien el autor no desconoce un diálogo entre las disciplinas científicas, los estudios culturales han dado lugar a que cualquiera “se crea capaz de opinar sobre cualquier tópico sin rigor científico” (p. 40). De esta manera, y siguiendo la línea que se plantea, el autor menciona el concepto de “evolución” de la literatura, además de compatibilizar con Carmen Bobes, para quien el objeto de estudio viene a ser el texto literario.

En el segundo apartado, que lleva por título “Degeneración o evolución literaria”, el docente sanmarquino desarrolla sus ideas en torno al término “discurso”. Así, lo que Espezúa sostiene es que la introducción de una ingente cantidad de estos discursos ha incrementado el corpus de los textos considerados “literarios”. Sin embargo, el autor puneño critica y marca su postura con respecto a ello, aludiendo dicha ampliación a dos causas: una endógena (hibridez de discursos, verbigracia El pez de oro, de Churata) y otra exógena, que es la más dañina y ha generado que de una concepción minimalista (canónica) de la Literatura, se pase a una maximalista.

El siguiente se titula “Inter-multi-disciplinariedad con disciplinariedad”, donde defiende que primero se debe instaurar y definir la disciplina literaria para, después, realizar un diálogo que aperture la interacción con algunas disciplinas, como, por ejemplo, la Antropología, la Historia, la Sociología, entre otras. De tal manera, lo que Dorian Espezúa recalca no es lo monológico y hermético de una disciplina, sino la capacidad de apertura al diálogo, suprimiendo la “arrogancia narcisista de los posmodernos, que creen saberlo todo sin haberse especializado en nada” (p. 48).

El cuarto, por su parte, se titula “Estudios transdisciplinarios”. Aquí, Espezúa va a reparar en dos situaciones troncales para la Literatura: la primera es con respecto a la terminología utilizada dentro de la disciplina literaria. Toda vez que el investigador sanmarquino sostiene necesario que las categorías o conceptos que se desarrollen para evaluar o enfrentar a un texto literario, deben surgir al interior de este campo; sin embargo, lo que Espezúa sanciona no es la buena aclimatación del concepto proveniente de otra esfera científica, sino la transposición de una categoría aplicada a la literatura, donde esta se convierte en una suerte de “laboratorio para poner a prueba la aplicabilidad” (p. 49). La segunda situación que aborda, gira sobre una dura crítica contra los “discursos subalternos” de la cultura, que han tergiversado y (se) han creado un lugar y derechos para emparentarse a discursos de carácter literario. En esta postura, no sería raro, según Espezúa, que se pueda “equiparar a Julio Ramón Ribeyro con Mónica Cabrejos” (p. 50).

El siguiente subtítulo lleva por nombre “La Literatura terreno de todos y de nadie”, donde se hace hincapié sobre una idea que desarrolla el español Jesús G. Maestro, para quien la Literatura no se encarga de proporcionar o brindar conocimiento(s). En este sentido, y como bien Espezúa lo entiende, aceptar una afirmación de tal dimensión sería suprimir el carácter científico de esta, pues uno de los principales objetivos de las ciencias es la producción de conocimientos. Así, de otro lado, el profesor puneño se sitúa en una postura contraria a la “erótica del arte”, la cual desliga a la Literatura de “elementos que sean cognoscibles” (p. 52). En este orden de ideas, Dorian Espezúa utiliza las metáforas del zorro y del erizo, con respecto a las prácticas que ambos animales realizan, pues mientras que el primero se pasea tangencial y superficialmente por diversos lugares, el erizo, por su parte, escarba y se adjudica uno a profundidad. Así, entonces, se diferencia a los charlatanes (zorros) de los críticos con rigor científico (erizos).

Luego encontramos el sexto apartado, que se titula “Teoría del discurso y teoría literaria”. Dorian Espezúa es claro al delimitar las diferencias entre lo literario y lo “discursivo”, que se halla ligado a la esfera de lo cultural; sin embargo, pone mayor énfasis en tres características que otorgan al texto literario tal denominación: la ficción, la escritura y la elaboración estética. Con respecto a la primera sostiene que no existe un reflejo entre la obra literaria y la realidad, y se evita así caer en la falacia referencial; el segundo elemento, por su parte, otorga primacía a los discursos fijados en un soporte; por ello, Espezúa desliza una crítica mordaz contra los recopiladores de testimonios que tratan de hacer literario a todo lo que se graba y se despliega sobre un papel; y el tercero, finalmente, es la capacidad que tiene el autor o creador del texto literario, pues se relaciona con la disposición o estructura de la obra, que responde a un porqué.

El penúltimo segmento se titula “Cuatro departamentos y escuelas de Literatura”, donde Espezúa, en su calidad de docente universitario, nos muestra un panorama sobre las facultades y las carreras con las que se encuentra inserta la de Literatura. Así, el diagnóstico al que arriba es alarmante, dado que el bachillerato y la licenciatura otorgados –a nivel de pregrado– sugiere que el egresado se encuentra en la capacidad de ejercer inclusive hasta dos carreras: Lingüística y Literatura. De otro lado, nos remarca la dialéctica entre el qué y el cómo enseñar. En tal sentido, lo que Dorian Espezúa realiza es un análisis que le permite brindar una opinión crucial como partícipe dentro del ámbito académico. Además, recalca que “el conocimiento es producto de la investigación científica” (p. 65).

“Salvaguardar los Estudios Literarios” es el título del último apartado del libro. Aquí, lo que el autor deslinda es la propuesta que sugiere: “defender los Estudios Literarios fortaleciendo y desarrollando los fundamentos que nos permitieron consolidar la disciplina literaria” (p. 66). Espezúa recoge el concepto de “totalidad contradictoria”, acuñado por Antonio Cornejo Polar. De esta manera, no desliga a la obra de su contexto histórico y social ni tampoco aboga por un inmanentismo de la obra, sino que incita a abordar los textos literarios con categorías propias, que sean propuestas por un aparato teórico, lo cual, luego, devendría en una metodología.

No se opone, tampoco, al trabajo multi o interdisciplinario, sino a la falta de rigor científico con el que se conduzca la investigación sobre un tema en particular. En este orden de cosas, Espezúa advierte la subordinación que está sufriendo lo literario con respecto a otras disciplinas, cuando en verdad lo que debería hacer es situar y sentar sus bases como tal y, posteriormente, realizar el diálogo con otras. Esta suerte de sumisión hace que cada vez leamos menos literatura y sí abordemos lo que está de “moda” (psicoanálisis, género, etc.). En tal sentido, afirma que “tenemos diagnosticado de golpe un Alzheimer terminal” (p. 70).

De tal manera, el docente sanmarquino apuesta por un orden de prioridades, y se pregunta por qué no se siguen leyendo los aportes de los formalistas rusos o los de la narratología, que son productos de una disciplina literaria. En efecto, además, denuncia que no se cuenta con líneas de investigación definidas, sino que aún se sigue dependiendo de lo externo u occidental; para ello, es necesario tener en cuenta que teoría, historia y crítica literarias deben complementarse y no ahondar y trabajar cada una de manera monológica. Teniendo en cuenta lo anterior, se propone la divulgación de los trabajos y la lectura de lo que se produce dentro de las universidades entre los mismos estudiantes y profesores.

Por todo lo anteriormente expuesto, considero que el libro Parkinson, Alzheimer y Literatura. La reorientación de los Estudios Literarios en el Perú, del profesor Dorian Espezúa, nos muestra un diagnóstico en torno a lo literario a nivel local. Hay que tener en cuenta que este trabajo no solo requiere una sola voz, sino un contingente humano que ayude no solo a detectar problemas sino también a proponer soluciones. Así, pues, el libro de Espezúa, controversial y debatible –o abierto al diálogo como su mismo autor menciona hacia el final–, suscita muchas preguntas. Se apuesta por un rigor científico que se deja notar desde el título e, incluso, en los autores mencionados al inicio (Darwin o Einstein). Se rescata el dotar de cientificidad a los Estudios Literarios; sin embargo, es menester tomar con pinzas y, sobre todo, debatir lo que se propone y arguye.

© Sergio Luján Sandoval
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Lima, Perú
sergiomdc9@gmail.com